martes, junio 4

Cusco: del mito unificador al mito del renacimiento



Escribe Julio Antonio Gutiérrez Samanez
Son ya 69 años desde la fundación de las fiestas del Cusco y su actividad emblemática: El Inti-Raymi, que nacieron como fruto de una revolución cultural propuesta por un líder social visionario que logró consensuar su idea en el IAA -institución matriz de la cusqueñidad- y en el conjunto de autoridades y la sociedad cusqueña de su tiempo.
Entre muchas ideas, el Dr. Vidal Unda sugirió que tuviésemos “un día para reunirnos y acordar las medidas que deben tomarse para remediar las necesidades cusqueñas y discutir sobre las cosas que nos faltan y ponernos de acuerdo sobre lo que debemos hacer”. Es decir participar como pueblo, como colectivo, en la dirección verdaderamente democrática de la sociedad y el progreso. Tal visión genial no se había llevado a efecto hasta hoy, en que, con este coloquio, rompemos la inercia y nos aprestamos a evaluar junto con los elementos más lúcidos de nuestra sociedad, el impacto de ese tiempo representativo que se movilizó tras un mito unificador y creador que recuperó y creó símbolos, recuperó tradiciones y reinventó ritos, para elevar el sentimiento afectivo de los cusqueños por su pasado glorioso, por su presente prometedor y, lo que es primordial, constituyó un proyecto de modernidad, para lanzar a la vieja ciudad andina al mundo, como un polo de atracción turística y de desarrollo socio económico, en plena hoguera de la segunda guerra imperialista mundial por el reparto de los mercados. El cusqueñismo, un mito unificador localista arrastró, en esos días, más multitudes que las convocadas por la religión católica o por el movimiento político social.
El paso del tiempo anquilosó y cristalizó los ímpetus renovadores y creativos hasta convertirse en un conjunto de ceremonias oficiales, feriados, fanfarria, derroche, jolgorio, fuegos artificiales, brillos de oropel y un carnaval de competencia de marketing entre las empresas comerciales auspiciadoras. Se rescató la forma externa, dejándose de lado el contenido, el espíritu, la reflexión crítica, la meditación sincera y libre.
Por eso, es preciso innovarse, para no seguir viviendo cómodamente de las glorias pasadas y de las invenciones de lúcidas generaciones pretéritas. Es necesario que nuestra generación diga su palabra proponga sus tareas y cumpla sus acciones, mandatos y deberes. Necesitamos hacer un balance de siete décadas, para realizar una reingeniería con nuevos paradigmas, nuevas metas a cumplirse, para redefinir nuestra identidad cultural. Para estar a tono con los tiempos de la tecnología informática y la era digital que están revolucionando al mundo y a las mentalidades.
Todavía estamos anclados en las contradicciones insolubles del pasado, el desencanto y la “memoria del bien perdido”, en los odios de campanario o de secta, en la mediocridad de las luchas político partidarias que escindiendo la sociedad, no han hecho sino generar atraso, subdesarrollo, entre suspicacias, odios de clase, de familias, de barrios, de pandillas, con persecuciones venales, inquisiciones, en fin, mezquindad vergonzosa y egolatría abominable. Si la politiquería partidarizada nos divide en sectores enemigos irreconciliables, tomemos como ejemplo aquella edad dorada de la unificación cusqueñista-, construyamos,  otro mito unificador capaz de desatar las ataduras del alma colectiva y que haga brotar otra centuria de grandes realizaciones: el mito del Renacimiento, el inkarry o el pachacutiy, el retorno, ya no del inca del pasado, porque la historia no es un proceso que retrocede, sino una nueva sociedad que revindique al incario en un movimiento espiral creciente, en un nivel superior, desde las propias raíces hasta la modernidad globalizada, y que lo presente como una práctica económico social, digna, creativa y capaz de generar nuevos portentos en la ciencia, el arte, las letras, la economía, la tecnología y la reconstrucción social, con equidad, inclusión y justicia. Es increíble que el mundo admire Machupicchu, pero olvide la formación económico social que lo construyó, porque la infestación individualista y la primacía de la propiedad privada en nuestra mente, nos impiden comprender los logros del trabajo colectivo ordenado y voluntario que conocemos como ayni, que los campesinos modernos han adaptado aún a las condiciones del sistema capitalista imperante. Tomemos la parte revolucionaria y transformadora del mito que el pensador peruano José Carlos Mariátegui explicó diciendo que: “la fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia, está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del mito…” y esta es una clave importante para nosotros.
El cusqueñismo, como sentimiento emotivo de amor a la tierra natal, ha brindado la posibilidad de pensar al Perú desde dentro de sus venas y neuronas, con cabeza propia, allí están las obras del Inca Garcilaso, Clorinda Matto, Ángel Vega Enríquez, Uriel García, Luis E. Valcárcel, Roberto Latorre, profetas del indigenismo y la cusqueñidad, cuyo fruto del pensamiento alumbró el discurso de la peruanidad, de cuyo venero bebieron Riva Agüero, Porras, Basadre, Sabogal, Tello, Haya de la Torre, Mariátegui, Víctor Andrés Belaúnde, Arguedas, Zuidema, Murra, Rowe, Rostworowski, Macera, Franklin Pease, Burga y Flores Galindo y, más cercanos a nosotros, Vidal Unda, Román Saavedra, Fuentes Lira, Gutiérrez Loayza, Yépez Miranda, Caller, Chávez Ballón, Barreda Murillo, Tamayo Herrera, Daniel Estrada, Valencia Espinoza y Flores Ochoa. Paladines del pensamiento y la acción ética y moral del cusqueñismo
El cusqueñismo, base de la peruanidad nutrió al pensamiento latinoamericano y andino. Ahora se habla de una filosofía andina, que rescata la sabiduría de los pueblos indígenas, deslindando con la filosofía eurocentrista occidental, en obras de Estermann, Mejía Huamán, Pacheco Farfán, Manrique Enríquez. Oponiendo el paradigma andino de conocer la naturaleza para adaptarse a ella, al paradigma occidental-norteamericano del capitalismo salvaje, de dominar la naturaleza para explotarla, contaminarla, desertificarla y, explotar, igualmente, a la mayoría del género humano para mantener el despilfarro y el consumismo demencial de una pequeña parte privilegiada.
Por eso estas fiestas locales deben salir de la chatura intelectual y pueblerina, mediocre y convertirse en el gran Raymi de la peruanidad y de la cultura andina. Es decir propiciar un Renacimiento, no solo para darle al Cusco mayor prestancia de la que ya posee, sino para retomar, no en la retórica sino en el terreno práctico, el liderazgo real que aún no posee, reinventando o revolucionando sus instituciones, su universidad tri-centenaria que todavía no ha logrado salir del marasmo y del pantano de la politiquería criolla, en perjuicio del avance de la ciencia y la investigación, pues debía servir a su pueblo. El turismo: “tarea de todos”, ya no puede seguir siendo “negocio de pocos”, sino fuente propiciadora de bienestar, educación y cultura para el pueblo. La educación escolar ya no puede ser una actividad libresca y memorística, sino creativa e innovadora con pleno uso de las tecnologías informáticas. Porque sabemos que la sociedad moderna está basada en la cultura y la información.
La actividad política no puede ser patrimonio del mejor postor, que haga su inversión para recuperar después con creces, sino una actividad entregada por mérito a la inteligencia y la capacidad. La actividad empresarial moderna tiene que ser inclusiva, creativa, socialmente responsable y amigable con el medio ambiente. Todo esto que suena a utopía deberá ser logrado a corto, largo o mediano plazo por lo que debemos planificar estratégicamente.
Es elemental que nuestros recursos sean administrados por nosotros mismos para conseguir nuestro desarrollo, y eso debe ser decisión popular unánime o el centralismo seguirá chupando de nuestra sangre y disponiendo a su antojo de esas riquezas.
La empleocracia estatal tiene que modernizarse y dejar las prácticas corruptas, todo el aparato público tiene que servir a la sociedad y no servirse de ella. Hay que fortalecer la participación popular, la sociedad civil y la institucionalidad.
El nuevo cusqueñismo tiene que planificar el crecimiento de la ciudad, ahora desordenado y caótico, tiene que poner fin a los atropellos contra el patrimonio cultural, los robos sacrílegos y la depredación de las riquezas culturales. El nuevo cusqueñismo tiene que ser un ejemplo a seguir para regenerar la patria entera. Se tiene que promover la cultura, el arte, las letras y la creatividad, para hacer florecer el talento dormido y desperdiciado de las juventudes; la mejor manera de reducir la brecha social entre pobres y ricos, no es reprimiendo, sino impartiendo educación, capacitación y más oportunidades. Manuel González Prada, -el escritor peruano que hace un siglo decía que en este país donde se pone el dedo salta pus, y que incitaba a los jóvenes a sembrar árboles nuevos para cosechar nuevas flores y nuevos frutos-, había escrito: “la historia de muchos gobiernos del Perú cabe en tres palabras: Imbecilidad en acción; pero la vida toda de un pueblo se resume en otras tres: Versatilidad en movimiento”. Seamos la expresión de esa versatilidad.
Es tiempo de sacudir la esclerosis de los siglos y reinventar para nuestra tierra cusqueña otra etapa de cambio con creatividad. Para eso estamos todos convocados.

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